La
ermita de Santa Lucía es, además de símbolo
y emblema de nuestra población, el edificio más antiguo de Ibi que
todavía sigue en pie, a pesar de los años transcurridos desde su
construcción, allá por la segunda mitad del siglo XVI. Se ubicó en
parte
del espacio que ocupaba el Castell Vermell, el
cual todavía se utilizó como cárcel durante algunos años más.
Asociado
a la presencia de la ermita ha estado, hasta no hace muchas décadas,
la figura del ermitaño, persona que habitaba la casa junto a ella,
al
cargo de
cuidar y
mantener
el
edificio, así
como asistir al sacerdote en las celebraciones allí realizadas. Uno
de los últimos ermitaños que hubo en Santa Lucía fue Justo Ribes
que,
acompañado
por
su esposa Pepeta, estuvo durante más de cuarenta años en
este puesto, hasta el verano
de
1953
en que falleció, designando
el Ayuntamiento en su lugar a Juan Pina, quizá
ya el último.
Este
cargo, tradicionalmente designado y remunerado por el ayuntamiento,
pensábamos que siempre había sido desempeñado a
lo largo de los siglos por
hombres, pero en el
Archivo Municipal de
Ibi encontramos
curiosos
documentos
que atestiguan
que no siempre fue así.
Nos
remontaremos al 12
de febrero de
1816. Francisca
Antonia Coloma Picó
remite una instancia al ayuntamiento explicándole la
situación. Su padre, Blas Coloma Bernabeu,
casado en
1750 con
Dionisia Picó Valero,
había sido designado por las
autoridades
para ocupar el cargo de ermitaño hacía más de cuarenta años, a la
muerte del anterior, Manuel Morant Verdú.
Hacía siete años que la
situación de su
padre, “por
su adelantado estado y accidente”, había
motivado
que
designasen,
como suplente del
puesto, a
su
marido, Mauro Albert Picó,
“con
las mismas obligaciones y emolumentos”. También consentían que
siguiesen habitando
los padres de Antonia “en compañía de aquellos mientras viviesen,
en consideración a sus particulares méritos”.
Pero
he aquí que Mauro, su marido, acaba de fallecer, por lo que el
puesto de ermitaño ha quedado vacante. Es por ello que Antonia,
mediante esta instancia, “atentamente suplica se digne acordar a la
remitente en calidad de Hermitaña, continuando en el cuidado del
referido Hermitorio, con el goce de sus emolumentos y limosnas
acostumbradas”. Para ello apela al ayuntamiento que tenga en cuenta
la larga tradición familiar en el ejercicio del puesto.
Manifiesta
a
su favor que,
en
los
más de cuarenta años que desempeñaron
dicha función, tanto
su padre como su marido, “siempre lo hicieron a satisfacción de
los Señores Gobernantes y del vecindario”.
Además,
recuerda
la suplicante que “como
consta a ustedes, y es público, sus
padres, a sus propias espensas, erigieron la capilla de San Antonio y
costearon la lámpara del Altar
Mayor
de
dicho Hermitorio, además de lo mucho que contribuyó su trabajo,
actividad y propio caudal para la edificación y obra de las
restantes cinco capillas,
mejora
de la casa de habitación, de
las otras tres lámparas nuevas y demás ornamentos, decencia y aseo
de la misma Hermita, casa y alrededores, y que en el propio esmero ha
continuado haciendo con su marido y su madre que aún vive”.
Prosigue
Antonia con su petición: “La viuda, y mientras permanezca en este
estado, con el natural afecto y particular devoción a la Santa
titular del Hermitorio, desea seguir en el mismo encargo como hasta
hoy, con el supuesto de que las funciones que como mujer no podía
desempeñar por si, se valdrá de uno de sus yernos, o de otra
persona de su satisfacción que lo efectúe”. En la misma fecha de
la instancia, el ayuntamiento aceptan su petición y, mediante
decreto, la nombran para el puesto de ermitaña.
El
28 de marzo de ese mismo año, llega al ayuntamiento una instancia
firmada por Gerónimo Tortosa, maestro zapatero vecino de Ibi,
preguntando por una suya de días pasados “solicitando se le
apreciase con la Sacristanía de la Hermita de Santa Lucía que está
vacante”. Expone que hasta hoy “ha cumplido en su oficio con la
aplicación que es bien notoria pero en el día, por su cortedad de
vista, apenas puede trabajar en su oficio y de consiguiente, de halla
sin recursos”.
A
continuación expone las ventajas de su contratación frente a otros
pretendientes, como que sabe leer y escribir, lo cual le permite
preparar los libros y asistir a los sacerdotes en las misas, “cosas
que no puede verificar un hombre lego, ni tampoco la de que se canten
los Gozos a la Santa y otras imágenes que se veneran en aquella
Hermita, lo que no pocas veces sucede cuando suben a la Hermita
sacerdotes y gentes forasteras”.
Se
comprometía a reponer el camino y a mejorar el edificio, señalando
además que “quando niño fue monasillo en esta Parroquia, y quando
mozo, suplió en ausencia y enfermedades a su hermano Francisco en el
oficio de Sacristán, por lo que se halla instruido en el modo de
guardar y conservar los Hornamentos, y como de deben tocar los Vasos
Sagrados, en cuyas operaciones parece no estar desentes a una mujer”.
Estaba
claro que Gerónimo aludía a Antonia, la ya nombrada ermitaña, y
por tanto también sacristana, como inapropiada para el puesto,
además de por ser lega, por ser mujer, aunque esto no había
condicionado la decisión tomada por las autoridades. Pero otra
circunstancia si que estuvo a punto de revocar la decisión inicial
del ayuntamiento.
Antonia
había puesto las Proclamas en la parroquia, actuales Amonestaciones,
con la intención de contraer matrimonio sin habérselo comunicado al
ayuntamiento. Esto era un hecho grave, pues contravenía lo acordado
por ella misma con las autoridades en su primera instancia: “La
viuda, y mientras permanezca en este estado, desea seguir en el mismo
encargo como
hasta
hoy”.
El
puesto de ermitaño era algo muy codiciado y demasiado bueno como
para dejarlo escapar (emolumentos más limosnas, y con derecho a
vivienda), por lo que Antonia, apercibida por las autoridades, se
apresuró a presentar, el 8 de abril, otra instancia al ayuntamiento
para justificar su intención y que no fuera privada de tan deseado
cargo.
En
ella alegó que “había resuelto contraer matrimonio con Damián
Verdú, labrador de este vecindario, con la única mira de
proporcionar la mayor asistencia y cuidado del Hermitorio y de su
Patrona Santa Lucía”. Curioso motivo para justificar su
desafortunado y apresurado deseo de casamiento, dadas las
circunstancias, más después de menos de dos meses de viudedad.
Reconoce su grave error, “se han empezado a poner las Proclamas
para formar matrimonio sin haberlo hecho a Ustedes como debía. Este
ha sido un yerro de entendimiento y no de voluntad, efecto de mi
ignorancia que espero Usted disimulará, y aprobará la elección
hecha en dicho Verdú para esposo y Hermitaño”.
Y
termina su instancia apelando, como ya lo hizo en la primera, a que
está a cargo de su madre con un delicado estado de salud: “ruega
se sirva confirmar su decreto continuando a favor de la exponente, y
de su ciega y decrépita madre, que quedaría expuesta a perecer si
se la removiese del referido Hermitorio”.
Pero
las autoridades no estaban dispuestas a que el puesto de ermitaño
fuese algo familiar, vitalicio y hereditario, como había sido
durante más de cuarenta años. Accedían a que Antonia continuase
con la ocupación por los años que su familia había estado al
cargo, pero no a que su futuro marido pudiese ocupar el puesto de su
esposa si esta falleciese.
El
15 de abril, casados ya Antonia y Damián, las autoridades les hacen
saber su respuesta a la instancia, donde dejaban bien claro que la
ermitaña era ella, y no su marido:
“Se
confirma el nombramiento que hizo el Ayuntamiento en su Decreto de
doce de Febrero de este corriente año para el cuidado del Hermitorio
de Santa Lucía en Antonia Coloma, consorte de Damián Verdú, sin
que en caso de fallecer aquella pueda alegar derecho a permanecer en
la Hermita, y también si no se conduce como buen Hermitaño,
quedando siempre en la facultad del Ayuntamiento, en los expresados
casos, poder elegir Hermitaño de su satisfacción”.
En
el mismo día responden a la instancia remitida por Gerónimo
Tortosa: “Respecto a la plaza de Hermitaño de Santa Lucía, se
confirió en el Decreto de doce de Febrero de este corriente año, y
se ha confirmado hoy en Antonia Coloma, consorte de Damián Verdú.
No ha lugar a la solicitud de Gerónimo Tortosa”.
Así
pues, quedaba reafirmada en el cargo la única mujer ermitaña, de la
que se tengan noticias, que lo ha sido a lo largo de la historia en
las ermitas de Ibi.
FUENTES
Archivo
Histórico Municipal de Ibi