sábado, 20 de diciembre de 2025

LA ERMITAÑA DE SANTA LUCÍA



La ermita de Santa Lucía es, además de símbolo y emblema de nuestra población, el edificio más antiguo de Ibi que todavía sigue en pie, a pesar de los años transcurridos desde su construcción, allá por la segunda mitad del siglo XVI. Se ubicó en parte del espacio que ocupaba el Castell Vermell, el cual todavía se utilizó como cárcel durante algunos años más.


Asociado a la presencia de la ermita ha estado, hasta no hace muchas décadas, la figura del ermitaño, persona que habitaba la casa junto a ella, al cargo de cuidar y mantener el edificio, así como asistir al sacerdote en las celebraciones allí realizadas. Uno de los últimos ermitaños que hubo en Santa Lucía fue Justo Ribes que, acompañado por su esposa Pepeta, estuvo durante más de cuarenta años en este puesto, hasta el verano de 1953 en que falleció, designando el Ayuntamiento en su lugar a Juan Pina, quizá ya el último.


Este cargo, tradicionalmente designado y remunerado por el ayuntamiento, pensábamos que siempre había sido desempeñado a lo largo de los siglos por hombres, pero en el Archivo Municipal de Ibi encontramos curiosos documentos que atestiguan que no siempre fue así.


Nos remontaremos al 12 de febrero de 1816. Francisca Antonia Coloma Picó remite una instancia al ayuntamiento explicándole la situación. Su padre, Blas Coloma Bernabeu, casado en 1750 con Dionisia Picó Valero, había sido designado por las autoridades para ocupar el cargo de ermitaño hacía más de cuarenta años, a la muerte del anterior, Manuel Morant Verdú. Hacía siete años que la situación de su padre, “por su adelantado estado y accidente”, había motivado que designasen, como suplente del puesto, a su marido, Mauro Albert Picó, “con las mismas obligaciones y emolumentos”. También consentían que siguiesen habitando los padres de Antonia “en compañía de aquellos mientras viviesen, en consideración a sus particulares méritos”.


Pero he aquí que Mauro, su marido, acaba de fallecer, por lo que el puesto de ermitaño ha quedado vacante. Es por ello que Antonia, mediante esta instancia, “atentamente suplica se digne acordar a la remitente en calidad de Hermitaña, continuando en el cuidado del referido Hermitorio, con el goce de sus emolumentos y limosnas acostumbradas”. Para ello apela al ayuntamiento que tenga en cuenta la larga tradición familiar en el ejercicio del puesto.


Manifiesta a su favor que, en los más de cuarenta años que desempeñaron dicha función, tanto su padre como su marido, “siempre lo hicieron a satisfacción de los Señores Gobernantes y del vecindario”.


Además, recuerda la suplicante que “como consta a ustedes, y es público, sus padres, a sus propias espensas, erigieron la capilla de San Antonio y costearon la lámpara del Altar Mayor de dicho Hermitorio, además de lo mucho que contribuyó su trabajo, actividad y propio caudal para la edificación y obra de las restantes cinco capillas, mejora de la casa de habitación, de las otras tres lámparas nuevas y demás ornamentos, decencia y aseo de la misma Hermita, casa y alrededores, y que en el propio esmero ha continuado haciendo con su marido y su madre que aún vive”.


Prosigue Antonia con su petición: “La viuda, y mientras permanezca en este estado, con el natural afecto y particular devoción a la Santa titular del Hermitorio, desea seguir en el mismo encargo como hasta hoy, con el supuesto de que las funciones que como mujer no podía desempeñar por si, se valdrá de uno de sus yernos, o de otra persona de su satisfacción que lo efectúe”. En la misma fecha de la instancia, el ayuntamiento aceptan su petición y, mediante decreto, la nombran para el puesto de ermitaña.



El 28 de marzo de ese mismo año, llega al ayuntamiento una instancia firmada por Gerónimo Tortosa, maestro zapatero vecino de Ibi, preguntando por una suya de días pasados “solicitando se le apreciase con la Sacristanía de la Hermita de Santa Lucía que está vacante”. Expone que hasta hoy “ha cumplido en su oficio con la aplicación que es bien notoria pero en el día, por su cortedad de vista, apenas puede trabajar en su oficio y de consiguiente, de halla sin recursos”.


A continuación expone las ventajas de su contratación frente a otros pretendientes, como que sabe leer y escribir, lo cual le permite preparar los libros y asistir a los sacerdotes en las misas, “cosas que no puede verificar un hombre lego, ni tampoco la de que se canten los Gozos a la Santa y otras imágenes que se veneran en aquella Hermita, lo que no pocas veces sucede cuando suben a la Hermita sacerdotes y gentes forasteras”.


Se comprometía a reponer el camino y a mejorar el edificio, señalando además que “quando niño fue monasillo en esta Parroquia, y quando mozo, suplió en ausencia y enfermedades a su hermano Francisco en el oficio de Sacristán, por lo que se halla instruido en el modo de guardar y conservar los Hornamentos, y como de deben tocar los Vasos Sagrados, en cuyas operaciones parece no estar desentes a una mujer”.


Estaba claro que Gerónimo aludía a Antonia, la ya nombrada ermitaña, y por tanto también sacristana, como inapropiada para el puesto, además de por ser lega, por ser mujer, aunque esto no había condicionado la decisión tomada por las autoridades. Pero otra circunstancia si que estuvo a punto de revocar la decisión inicial del ayuntamiento.


Antonia había puesto las Proclamas en la parroquia, actuales Amonestaciones, con la intención de contraer matrimonio sin habérselo comunicado al ayuntamiento. Esto era un hecho grave, pues contravenía lo acordado por ella misma con las autoridades en su primera instancia: La viuda, y mientras permanezca en este estado, desea seguir en el mismo encargo como hasta hoy”.


El puesto de ermitaño era algo muy codiciado y demasiado bueno como para dejarlo escapar (emolumentos más limosnas, y con derecho a vivienda), por lo que Antonia, apercibida por las autoridades, se apresuró a presentar, el 8 de abril, otra instancia al ayuntamiento para justificar su intención y que no fuera privada de tan deseado cargo.


En ella alegó que “había resuelto contraer matrimonio con Damián Verdú, labrador de este vecindario, con la única mira de proporcionar la mayor asistencia y cuidado del Hermitorio y de su Patrona Santa Lucía”. Curioso motivo para justificar su desafortunado y apresurado deseo de casamiento, dadas las circunstancias, más después de menos de dos meses de viudedad. Reconoce su grave error, “se han empezado a poner las Proclamas para formar matrimonio sin haberlo hecho a Ustedes como debía. Este ha sido un yerro de entendimiento y no de voluntad, efecto de mi ignorancia que espero Usted disimulará, y aprobará la elección hecha en dicho Verdú para esposo y Hermitaño”.


Y termina su instancia apelando, como ya lo hizo en la primera, a que está a cargo de su madre con un delicado estado de salud: “ruega se sirva confirmar su decreto continuando a favor de la exponente, y de su ciega y decrépita madre, que quedaría expuesta a perecer si se la removiese del referido Hermitorio”.

Pero las autoridades no estaban dispuestas a que el puesto de ermitaño fuese algo familiar, vitalicio y hereditario, como había sido durante más de cuarenta años. Accedían a que Antonia continuase con la ocupación por los años que su familia había estado al cargo, pero no a que su futuro marido pudiese ocupar el puesto de su esposa si esta falleciese.


El 15 de abril, casados ya Antonia y Damián, las autoridades les hacen saber su respuesta a la instancia, donde dejaban bien claro que la ermitaña era ella, y no su marido:

Se confirma el nombramiento que hizo el Ayuntamiento en su Decreto de doce de Febrero de este corriente año para el cuidado del Hermitorio de Santa Lucía en Antonia Coloma, consorte de Damián Verdú, sin que en caso de fallecer aquella pueda alegar derecho a permanecer en la Hermita, y también si no se conduce como buen Hermitaño, quedando siempre en la facultad del Ayuntamiento, en los expresados casos, poder elegir Hermitaño de su satisfacción”.


En el mismo día responden a la instancia remitida por Gerónimo Tortosa: “Respecto a la plaza de Hermitaño de Santa Lucía, se confirió en el Decreto de doce de Febrero de este corriente año, y se ha confirmado hoy en Antonia Coloma, consorte de Damián Verdú. No ha lugar a la solicitud de Gerónimo Tortosa”.


Así pues, quedaba reafirmada en el cargo la única mujer ermitaña, de la que se tengan noticias, que lo ha sido a lo largo de la historia en las ermitas de Ibi.

FUENTES

Archivo Histórico Municipal de Ibi


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