La ermita de San Vicente, de la que hablamos ya en un artículo anterior, también tuvo ermitaños, encargados de su custodia, limpieza y mantenimiento, así como de ayudar al sacerdote en las misas que en ella se celebraban, a semejanza de sus homólogos de la de Santa Lucía.
El cargo de ermitaño era designado por el ayuntamiento, el cual vigilaba que este cumpliese con sus deberes y obligaciones inherentes al puesto que ocupaba, revocando nombramientos, como veremos, por razones de edad o de, a su juicio, dejación de funciones.
En sesión celebrada el 8 de junio de 1759, el ayuntamiento manifiesta que la ermita de San Vicente está pobre de ornamentos y que Gregorio Rico, ermitaño de la misma, no cuidaba de su ornamento y conservación, comiéndose todas las limosnas y producto de un bancalito contiguo a dicha ermita y propiedad de esta, que actualmente estaba pendiente de cosecha de cebada que se consideraba hacer una buena porción de este grano, el cual deseaban destinar el producto de su venta para ornato de la ermita.
Las autoridades mandaron comparecer al mencionado Gregorio Rico ante ellos, haciéndole saber su malestar con sus actitudes respecto al cumplimiento de las obligaciones de su cargo y empleo, recordándole que debía de entregar el producto de dicho bancalito a las autoridades.
El ermitaño apercibido dijo a los demandantes, que si se le privaba del producto y renta del citado bancalito, no tenía interés en seguir desempeñando el puesto que ocupaba, renunciando a su empleo e instando a las autoridades a que nombrasen a otro individuo para ocupar su puesto.
No obstante la posición drástica adoptada por el ermitaño, las autoridades tuvieron una actitud conciliadora, le resaltaron las ventajas de seguir ocupando el empleo que ahora despreciaba, expresándole lo conveniente que para él era dicho puesto, aunque sin acceder en ningún caso a sus pretensiones de disponer del producto del disputado bancalito.
Gregorio Rico insistió en su postura, renunciando irrevocablemente a su empleo y entregando las llaves de la ermita a las autoridades.
Realmente se trata de un caso curioso, pues los habitual era que el puesto de ermitaño fuese solicitado por varias personas cuando se producía una vacante. Era un empleo municipal muy demandado al tener derecho a una vivienda (al menos en el caso de Santa Lucía y San Miguel), estaba retribuido e, incluso, recibían limosnas por parte de devotos de los santos allí venerados.
Así pues, y ante la firme determinación del dimitido, las autoridades buscaron un nuevo ermitaño para San Vicente, recayendo la elección en Agustín García de Jaime, vecino de la misma, quien compareció ante ellas, las cuales le informaron de sus derechos y obligaciones con claridad, para evitar las situaciones equívocas producidas con el anterior. Como veremos a continuación, el tema de los derechos sobre el producto del bancalito quedaría especificamente detallado.
Una de las condiciones que le habían puesto al nuevo ermitaño era que, para la correcta asistencia, atención y limpieza de la ermita, debía de vivir y habitar en el barrio de ella, y que este, entre sus obligaciones inherentes al empleo, debía de cultivar, sembrar y regar el dichoso bancalito anualmente de trigo o cebada. Así mismo se especificaba que, el día antes de trillar el grano que produjera, debía avisar al señor Francisco García, regidor decano, para que este se encargase de supervisar los trabajos de recogida del producto y la venta del mismo, reteniendo en su poder tales beneficios para destinarlos al ornamento de la ermita, cosa que se le exigía hacer desde hoy en día en adelante durante su vida.
Habiendo aceptado el elegido las condiciones del empleo, asegurando su fiel cumplimiento de las mismas, se mandó hacer un inventario de todos los ornamentos y alhajas existentes en la ermita, firmando dicho documento el síndico regidor Vilaplana y el nuevo ermitaño Agustín García.
FUENTES
Archivo Histórico Municipal de Ibi.
D. JOSÉ HERNÁNDEZ QUILIS.

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